Panamá: pequeño país, grandes prodigios

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El sinuoso estado centroamericano no sólo está dividido por el canal más famoso del planeta. En él también caben las playas más salvajes del Caribe, el Dubai latino, tribus indígenas y el café más caro del mundo.

El producto estrella con el que se vende Panamá en todo el mundo, el clásico sombrero homónimo, no es originario precisamente de este país, sino de Ecuador. Pero el equívoco bastó para colar en la historia de la Moda (y de paso, situar en el mapa) a este pequeño estado centroamericano de apenas cuatro millones de almas, alargado, sinuoso y tropical, el día en el que el mismísimo presidente de Estados Unidos, Theodore Roosevelt, inauguró el canal más famoso del mundo. Ocurrió el 15 de agosto de 1914, uniendo por fin el Pacífico con el Atlántico. Y tanto calor hacía que el mandatario, quien se había hecho con los derechos para acometer el proyecto, no dudó en calzarse un Panama Hat, el modelo que trajeron los obreros de Ecuador que trabajaron en la construcción de una de las obras de ingeniería más colosales de la Historia moderna.

La culpa de que no se hubiera hecho antes la tuvo, entre otros, el rey Carlos V, quien creía que lo que había unido Dios no tenía por qué separarlo un hombre. El caso es que todo el mundo vio a Rooselvelt luciendo el sombrero el día de su estreno. Y todo el mundo lo identificó con Panamá. Y eso que los ecuatorianos se han esforzado en demostrar que la autoría de uno de los complementos más célebres del planeta (y por el que se han llegado a pagar 35.000 euros) es suya. Insisten en que la ligereza y frescura que aportaba su invento (elaborado con hojas de palma entrelazadas) eran ideales para que los trabajadores soportaran horas y horas a la intemperie.

Panamá, por su parte, ha hecho el agosto con la venta del sombrero, aunque en los últimos años reivindican el suyo propio, el pintado (o pintao), que como su nombre indica va decorado con algún dibujo. «Los turistas rusos y mexicanos arrasan con ellos; quizá ya se han cansado del tradicional», especula Pablo de la Rosa, empleado de El Palacio del Sombrero, ubicado en el casco antiguo de la capital, Ciudad de Panamá, y especializado en el accesorio. El más barato sale por 15 dólares («sintético, eso sí», añade). El más caro, «extrafino», cuesta 1.200. Por algo es el souvenir más codiciado del país.

PERFUME EN HONOR AL CANAL

Sin embargo, con el centenario del nacimiento del «Canal», en 2014, le salió un extraño competidor: un perfume llamado igual que la construcción, Canal, con toques de jazmín en la versión femenina y de pachuli en la masculina. Porque hay de las dos… Su imagen, con barco incorporado, se repite por los carteles publicitarios de las calles. Y quien ande un poco despistado tiene una última llamada de atención al lado del duty free del aeropuerto, donde se recuerda a los viajeros que no se pueden ir sin este aroma en la maleta. Cosas de la mastodóntica obra, cuya ampliación no llegó hasta 2016, permitiendo el doble de tráfico de mercancías al año: de 300 millones de toneladas pasó a 600. Para hacerla realidad se empleó tanto hormigón como para levantar 450 edificios de 20 pisos o 2,2 pirámides de Keops. En cuanto al acero, tiene 22 veces más que la Torre Eiffel. Normal que un recorrido en barca para observar de cerca semejante monstruo sea una de las propuestas más demandadas por los turistas, que a su paso por la selva de la provincia de Colón aprovechan para realizar rutas senderistas y ver caimanes a solo un metro, águilas harpías (el ave nacional) o monos perezosos.

Es lo que ofrece Gamboa Rainforest Resort, un complejo ecoturístico en medio de un onírico bosque lluvioso con spa, jardín de orquídeas, mariposario y una granja de ranas. Nota: en Panamá hay más de 200 especies de estas últimas. Además, si se sube en el teleférico hasta una torre de observación (y si la niebla lo permite) se pueden atisbar los megabarcos que surcan el Canal. De aquí se llega en 45 minutos en coche a Ciudad de Panamá (los locales dicen «Ciudad» sin más) y el escenario cambia de golpe. Empezando por el cada vez más nutrido skyline de la zona financiera, convertido en un símbolo de la urbe y que se adivina desde cualquier punto. Por eso se le conoce como el Dubai o el Manhattan de Latinoamérica, ya que aglutina los edificios más altos de la región. No en vano, el Trump Ocean Club (financiado, obviamente, por el hoy presidente de EEUU), con sus 284 metros, llegó a ser el número uno, pero la Gran Torre Santiago chilena (300) lo ha desbancado.

Más emblemático si cabe es el F&F Tower, al que todos llaman el «Tornillo». Su diseño contorsionista le ha hecho merecedor de prestigiosos premios internacionales de arquitectura. Entre las fachadas de cristal, hormigón o metal que lo rodean cabe de todo: oficinas, bancos, hoteles, restaurantes (con vistas, claro), centros comerciales de marcas de lujo… No olvidemos que Panamá es el país latino con el IVA más reducido, un 7%, frente al 22% de Uruguay o el 21% de Argentina, según VATLive, la base de datos internacional sobre impuestos. De ahí que el turismo de shopping crezca por minutos. «Muchos turistas mexicanos, brasileños o argentinos vienen sólo a pasar el fin de semana para comprar», apunta Gilberto Alemancia, miembro de la Autoridad de Turismo de Panamá.

Uno de los buques que surcan el Canal de Panamá.

En este distrito financiero se alterna la vida comercial de día con la marcha nocturna, que compite con la del casco viejo en locales históricos en forma de cueva como Las Bóvedas, con conciertos de jazz en vivo; la animada azotea del hotel Tántalo, uno de los sitios de moda; o la discoteca Siroco. No hay que confundir este barrio con el Panamá Viejo o Panamá la Vieja, donde los españoles fundaron la ciudad en 1519. Situado en la continuación de la vía Cincuentenario de camino al aeropuerto, lo único que queda ahora son las ruinas precolombinas anteriores a la llegada ibérica. El pirata inglés Henry Morgan se encargó de borrar su huella arrasándolo en 1670.

De vuelta al casco antiguo, este se caracteriza por su entramado de calles en cuadrícula repletas de edificios coloniales (algunos mejor conservados que otros) como la catedral, el Palacio Arzobispal o la Casa Góngora, la más antigua de la ciudad, reconvertida en Casa de la Cultura del Artista Panameño. Este distrito cuenta también con su propio Chinatown, al que no le falta la típica y estridente puerta de reminiscencias asiáticas. Al lado está el Mercado de Marisco, el mejor lugar (que no el más glamouroso) para hartarse a ceviches a precios irrisorios mientras suena de fondo el cantante local Rubén Blades, quien, por cierto, no descarta presentarse a las elecciones generales del próximo año.

La siguiente parada en la capital es en el Museo de la Biodiversidad, la única obra en América Latina diseñada por el arquitecto Frank Gehry. Que su mujer sea de aquí algo tiene que ver… Sea como sea, vale la pena asomarse a la historia natural del país, tan atípica ella, contada a través de ocho galerías y ocho «artefactos de asombro» que analizan el origen del istmo de Panamá y su impacto en la biodiversidad del planeta. El enrevesado edificio se ubica en la Calzada de Amador (o Causeway), a la entrada del Canal que da al Pacífico, y representa el variado ecosistema del país «a través de láminas de colores llamativos superpuestas que simbolizan un bosque de gigantescos árboles», describe Darién Montañez, coordinador de Programa Público del Biomuseo.

EL CAFÉ MÁS EXCLUSIVO

Otro de los imprescindibles panameños, esta vez culinario, es el café. Y no cualquiera, sino el más caro del mundo, Geisha, que se cultiva a 1.600 metros de altura en las fértiles montañas de la provincia de Chiriquí, considerada la «despensa» del país porque de ella sale el 70% de su producción agrícola. El paisaje cien por cien verde, al más puro estilo Parque Jurásico, da cuenta de lo que se cocina aquí. Y los granos de Geisha, originario de Etiopía, son un ejemplo. Para hacerse una idea, en la última subasta on line privada, celebrada en verano, se alcanzó un precio récord mundial de 601 dólares por libra (454 gramos). Y las 100 vendidas procedían de Boquete, en las tierras altas de Chiriquí, cotizada también por sus actividades de turismo de aventura (kayak, tirolina, senderismo alrededor del volcán Barú…) y por ser el lugar favorito de los jubilados estadounidenses para retirarse.

Cata del café más caro del mundo, Geisha, obtenido en Boquete.

Los tours por las haciendas cafeteras también forman parte de su día a día. El de la finca Río Cristal del ecoresort Boquete Tree Trek, a 1.700 metros, permite descubrir, durante una cata, que la rueda de sabores de un grano alcanza 2.000 espectros (el vino, 800) o que una taza de café Geisha puede costar 25 dólares. ¿Por qué? «Por sus cualidades exclusivas como su acidez cítrica, su cuerpo y su fragancia gracias a cultivarse a tanta altura y en tierras volcánicas», explica Rafael Gutiérrez, catador de la hacienda, mientras absorbe de golpe una muestra en plena degustación. «La absorción hace que los aromas se esparzan más por el paladar», continúa. Antes, ha hablado del tostado de Geisha, de menor duración (10 minutos) que el de un grano normal (de 15 a 17 minutos) o de que el café nunca debe prepararse con agua tibia o normal, sino hirviendo.

Al norte de Chiriquí está el archipiélago de Bocas del Toro, formado por nueve islas, 52 cayos y cientos de islotes. Pocos lugares quedan del Caribe tan paradisiacos y salvajes como este, donde lo suyo es alquilar un bote (no es fácil llegar, así que mejor con conductor que haga de guía)y lanzarse a rastrear los manglares y las playas de aguas cristalinas, arena finísima y desmedidos cocoteros de enclaves inhabitados como Cayo Coral, Playa Larga o Cayo Zapatilla. Este último se asienta sobre una plataforma coralina, por lo que es perfecto para bucear.

El único sitio de la zona para reponer energías es el restaurante levantado a modo de palafito multicolor sobre las aguas del señor Remigio Smith, que lleva 20 años sirviendo camarones con salsa casera de coco y curry acompañados de patacones (trozos de plátano frito aplastados) de tamaño XXL. O «langosta al grill pescada hace un ratico», recalca orgulloso mientras sirve un enorme «jugo» de piña. «Si prefiere caipiroska también tengo…», comenta riéndose. Hoy sabe que, como cada domingo, un grupo de gringos residente en la zona vendrá para marcarse un homenaje gastro caribeño, así que la música country en su honor ya suena por los altavoces.

Dos miembros de la comunidad indígena «embera querá» surcan en canoa el lago Gatún.

AMBIENTE BOHEMIO

Toca conocer el pueblo de Bocas del Toro, en Isla Colón, cuajado de edificios coloniales que hacen las veces de hostales, restaurantes, casas, ayuntamiento, puestos de artesanías y productos orgánicos, locales de masajes, tatuajes y trenzas a lo rastafari, tiendas surferas… De ambiente hippy y bohemio, también es famoso por su marcha nocturna, con clubs, raves y eternas happy hours a ritmo de reguetón. Quien busque calma debe escapar a Playa Bluff o al Mar de las Estrellas, dos rincones mágicos de arenas doradas donde la desconexión es total. La primera, además, es uno de los destinos top de los surfistas. Otro sitio para apuntar: el Mar de los Delfines, un laberinto de isletas tejido entre manglares.

El bello Cayo Zapatilla se caracteriza por el agua cristalina.

La última escala de esta ruta panameña incluye una limpieza espiritual a manos de un chamán como Atilano Flaco, miembro de la comunidad indígena «emberá quera», a orillas del lago Gatún, por lo que se llega en canoa. Si lo que se busca es curar enfermedades como la artitris o la gripe, «basta con usar la planta medicinal adecuada», dice señalando una hoja de ajimbre. Tras un recibimiento a golpe de bailes tribales en honor a las flores, empieza la visita al poblado, en el que viven 25 familias. La Casa de la Cultura (palapa central) es el lugar donde celebran todo, del nacimiento de un bebé a la votación del nuevo jefe. El objetivo es que el viajero conozca cómo vive una de las siete etnias aborígenes que aún existen en el país y que suponen el 10% de la población. El 65% es mestiza, mientras que el 20% desciende de los esclavos africanos que trajeron los españoles.

Los «emberá quera» mantienen tradiciones como el uso de taparrabos (guayucos) en el caso de los hombres y de vistosas faldas relacionadas con la naturaleza (parumas), en el de ellas. La llegada a la pubertad de las niñas también se conmemora con una ceremonia. Pero antes, la joven debe permanecer aislada durante 15 días en su casa. «Después, se la presenta en sociedad pintada de negro de arriba abajo en señal de madurez», cuenta Jeanette Mecha, una de las mujeres dedicada a la elaboración de artesanías (se pueden comprar en la palapa de al lado), mientras sostiene en brazos a su pequeña Saskia, de sólo nueve meses. Al instante, la cede a un familiar y se une al grupo que despide a los visitantes con una de sus danzas en honor a la Madre Tierra.

FUENTE:https://www.expansion.com/fueradeserie/viajes/2018/01/19/5a5c82a222601d88148b4579.html